La pantalla ha pasado a formar parte consustancial de los ambientes cotidianos: del cine y el televisor, hasta el video y el ordenador, la imagen conforma y estructura nuestros modos de percibir y significar la realidad. Pero, pese a esta explosión icónica, escasos son los programas educativos que consideran la enseñanza del lenguaje audiovisual y el uso consecuente de los medios a nivel de formación docente y a nivel escolar. La escuela, atrincherada en una concepción pedagógica que privilegia a la palabra como único espacio de la racionalidad, no se encuentra preparada para hacer frente a estos retos. De ahí su antagonismo contra un sistema paralelo de influencias que entroniza lo imaginario y lo sensorial por sobre la razón y el discurso lógico. Que tramposo y que fácil -ha apuntado el colombiano Jesús Martín Barbero- echarle la culpa a la televisión de la apatía que los más jóvenes sienten hoy por los libros.
Y, en medio de este fuego cruzado de acusaciones mutuas entre la escuela y los medios, se halla el niño. Los dualismos y dicotomías que han marcado al pensamiento occidental (lo cognitivo vs lo afectivo; la palabra vs la imagen...), están, como los paradigmas que han guiado a la investigación, en crisis. En un mundo donde se ha dado inicio a la destrucción de muros y tabiques -con consecuencias impredecibles -, se hace impostergable la construcción de esa escuela sin muros de que hablara McLuhan, integrada a la realidad y abierta a la esencia y plenitud del existir.
Por Pablo Ramos Rivero. Extracto del texto titulado "Para verte mejor".
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